dpa - Firmada
Convicciones políticas se convierten en división social en Alemania
9.09.2026, 14:42
Algo ha cambiado en la convivencia en Alemania, un país donde la "percepción de la división social" es la "más marcada" de todo el mundo, según el estudio "Ipsos Populism Report 2025", que analiza la influencia de corrientes populistas en el plano internacional.
Antes, por lo general, aún se le pedía prestado un poco de sal o un huevo al vecino que apoyaba a otro partido político. Hoy en día, sin embargo, las convicciones políticas por sí solas pueden determinar si se quiere estar en una fiesta, seguir en el mismo club o dejar que los niños jueguen juntos.
Las categorías políticas se han convertido en categorías sociales, explica el psicólogo social Jonas Rees, de la Universidad de Bielefeld, en el oeste de Alemania. "Sé a qué partido votas y, por eso, creo saber quién eres", resume el experto al explicar una postura que, según afirma, aumenta la distancia social entre los bandos.
El "Ipsos Populism Report 2025", detalla que un 77 % de los ciudadanos alemanes opinó el año pasado que la sociedad estaba fragmentada —16 puntos porcentuales más que en 2021—.
La polarización social hace tiempo que ya no se manifiesta solo en las encuestas electorales y los debates políticos, sino que también está transformando cada vez más la vida cotidiana. Identificarse con grupos sociales es profundamente humano y normal, explica Rees. Esto se aplica tanto a características como el género como a las pertenencias locales o la afición por un equipo de fútbol, según él.
Sin embargo, aclara, mientras que esos grupos están en contacto constante, en las decisiones electorales la situación ahora es diferente: cada vez con más frecuencia, las diferencias en las posiciones políticas son motivo para que las personas eviten el contacto.
Grupos enteros de personas ya no se superponen
Quizás el aficionado de un club alguna vez le haya lanzado una mirada furiosa al aficionado del rival por encima de la cerca del jardín después de un partido, pero siempre le habría prestado con gusto un poco de sal, comenta Rees.
La postura política, en cambio, puede significar ahora que ya no se le considere parte de la propia comunidad. Entonces, tal vez ya ni siquiera se le dedique una mirada al vecino, agrega el psicólogo social.
"El no querer tener nada que ver con 'ellos' se convierte en parte de nuestra identidad social", observa el profesor de Psicología Política y portavoz del Instituto de Investigación sobre Cohesión Social en la sede de Bielefeld. Esto puede llevar a la ruptura de contactos, advierte, ya que los círculos sociales ya no se superponen, sino que se separan unos de otros.
Perder esa base fundamental que consiste en las conversaciones a través de la cerca del jardín, la ayuda mutua y la convivencia cotidiana —por ejemplo, en un club— significa que el individuo ya no pueda enterarse de nada; es decir, tampoco puede enterarse de que la persona de enfrente también tiene un hijo con problemas escolares, por ejemplo. En tales situaciones, comenta Reese, no solo se conoce al representante de otro grupo, sino a la persona al otro lado de la cerca con sus preocupaciones cotidianas.
Es precisamente esta experiencia correctiva en el día a día la que falta: "Bueno, con él sí se puede hablar. Tenemos preocupaciones y problemas similares", agrega Rees. Debido a esta ausencia, las suposiciones y los prejuicios sobre el otro grupo pueden reforzarse aún más.
A esto se suma una segunda espiral: cuando las personas moderadas o que discrepan abandonan el grupo —por ejemplo, el club—, también desaparecen de allí las voces contrarias, advierte Rees.
"A los miembros del club les falta entonces el contrapunto que a veces dice: 'No, un momento, yo lo veo de otra manera'". Así, en última instancia, no solo cambia la composición del grupo, sino que las normas sociales también pueden ir desplazándose cada vez más.
El peligro de cuando el oponente político se convierte en enemigo social
Rees y otros expertos coinciden en destacar una tesis central: la polarización no se vuelve peligrosa por la discusión, sino cuando el oponente político se convierte en enemigo social y desaparecen las experiencias cotidianas compartidas.
Una democracia debe soportar la controversia política, sostiene, por ejemplo, Robert Grimm, director de investigación política de Ipsos en Alemania. "Se vuelve peligroso cuando ya no percibimos al otro como un oponente político legítimo, sino como una persona moralmente inferior", comenta.
En una cultura de menosprecio, explica Grimm, se vuelve más difícil mantener relaciones sociales normales más allá de las fronteras políticas.
Partidos como la ultraderechista Alternativa para Alemania (AfD) promueven imágenes de enemigo que conducen a la ruptura de la comunicación, sostiene Wilhelm Heitmeyer, del Instituto de Investigación Interdisciplinaria sobre Conflictos y Violencia de la Universidad de Bielefeld.
Heitmeyer observa que un mecanismo central es la emocionalización de todos los problemas, lo que impide que los argumentos racionales tengan cabida. Se percibe una propagación de las imágenes de enemigo en sectores considerables de la población, así como un aumento de la agresión y la violencia en la vida cotidiana: "Por eso hablo de una 'brutalización' de la sociedad", comenta.
No desanimarse, sino comprometerse
Lo fundamental es no caer, desanimados y sin esperanza, en un fatalismo del tipo "ya no hay nada que salvar", sino comprometerse de manera específica para reducir la división, opina Rees. Se trata de no abandonar el club deportivo, de seguir buscando el diálogo y de no menospreciar a los demás. Se trata del entendimiento mutuo, a pesar de las diferencias sociales y políticas, como parte de la misma comunidad.
La convivencia respetuosa debe ser el objetivo, subraya también el psicólogo social Dieter Frey, de la Universidad Ludwig Maximilian de Múnich. Es importante dar el ejemplo para calmar los ánimos. La investigación sobre el coraje cívico demuestra que, de esa manera, los demás se sumarán automáticamente, subraya. Se necesitan personas que construyan puentes en las asociaciones, en las escuelas, en los cargos de voluntariado, entre los empresarios y en la Iglesia, subraya Frey.
"Es posible que, como sociedad, nos demos un duro golpe", concluye Rees. "Pero si observamos lo que está sucediendo en este momento, sé que si seguimos como hasta ahora, sin duda fracasaremos".